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Biblioteca Popular José A. Guisasola





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Pablo Bernasconi. De Mentiras y Moretones, Sudamericana

Recíproco

Lucía no quiere dormir si antes no le leen un libro, siempre el mismo.

Lo sabe de memoria, lo recita palabra por palabra y de principio a fin.

... Había una vez…

Las hadas habitan el cuento que vive en el libro. De noche doblegan la oscuridad con sus larguísimos cabellos y encienden el valor de Lucía, que así se anima a dormir con la luz apagada.

Las hadas habitan el cuento que vive en el libro. De noche doblegan la oscuridad con sus larguísimos cabellos y encienden el valor de Lucía, que así se anima a dormir con la luz apagada.

A veces le lee su mamá, despacito y casi cantando las estrofas. Lucía ya conoce los ritmos de su voz y hamaca con su cabeza cada oración.

A veces le lee su papá, que pone voces diferentes cuando cambian los personajes. Voz gruesa cuando aparece Rudolf el ogro; voz de pito cuando chillan las viejas de la cueva y voz de gelatina cuando le toca hacer de algún hada. Papá no sabe cómo suenan las hadas.

Lucía los escucha noche tras noche, esperando en cada página que venga el sueño y se la lleve de paseo hasta el otro día. A veces llega antes de que el libro termine, a veces no viene y se queda mirando el techo, recordando partes lindas de su cuento.

Lucía duerme abrazada a su libro de hadas y justo antes de que empiece su viaje, se cuida de cubrirlo con la frazada y arroparlo sobre la almohada.

Ella sabe que es en realidad el libro el que no se puede dormir si no lo leen antes.

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Visto en: Bibliopeque • 19 de mayo de 2020 •
https://www.facebook.com/bibliopeques/photos/3001650266549902
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Mentiras y moretones
Autor: Pablo Bernasconi
Editorial: Sudamericana

Relatos breves, ocurrentes y disparatados, para reír a los tropezones. Historias con mucho humor y reflexiones originales, bellísimamente ilustradas.

Cuentos con valores

Para trabajar a través de la lectura: Amistad. Responsabilidad. Solidaridad. Diversidad. Generosidad. Justicia. Creatividad. Tolerancia. Compromiso. Confianza...


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Cuentos clásicos reversionados

Los cuentos clásicos reaparecen y se transforman.
Autores contemporáneos cuentan un nuevo relato para seguir encantando a chicos y a grandes.
Cuento» Caperucita Roja, de Triunfo Arciniegas
Cuento» Carta al lobo, de Laura Devetach
Cuento» La bella rugiente, de Adela Basch y Luciana Murzi
Cuento» La Caperucítala, de Pepe Pelayo
Cuento» La Cenicienta, por Roald Dahl
Cuento» Pobre Lobo, de Ema Wolf
Cuento» El flautista de Jajamelin, de Pepe Pelayo
Cuento» Otro cuento, de Sol Silvestre
Cuento» La fiesta de cumpleaños, de Liliana Cinetto
Poesías» El mágico mundo de los cuentos
Cuento» Blancanieves y los siete enanitos, de Pepe Pelayo
Cuento» Caperucita Roja y el Lobo, por Roald Dahl
Cuento» El insomnio de la Bella Durmiente, de Rocío Sanz
Cuento» Cinthia Scoch y el lobo, de Ricardo Mariño
Cuento» Dos amigas famosas, de Silvia Schujer
Cuento» El lobo calumniado, de Lief Fearn
Poemas» El flautista de Hamelín, de Sol Silvestre
Cuento» Historias al vesre, de Margarita Eggers Lan
Cuento» La bella durmiente (conectada), de Sol Silvestre
Cuento» Confundiendo historias, de Gianni Rodari
Poesías de Caperucita y el lobo
Poesías de la Bella durmiente
Cuento» La cuestión del hada Tomasoli, de Ema Wolf
Cuento» El enanito y las siete Blancanieves, de María Elena Walsh
Cuento» Dicen que... Caperucita, de Mónica López y Valeria Dávila
POESÍAS DIVERTIDAS con los cuentos clásicos, de Florencia Esses
Dos cuentos de Marta Giménez Pastor


Visto en: bibliopeque • 2 de febrero de 2020 •
https://www.facebook.com/bibliopeques/photos/2756927634355501
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Ilustración: Tres niños leyendo el libro de cuentos vector gratuito
@brgfx - Licencia de Freepik - https://www.freepik.es/

4 Cuentos Coeducativos

Los hijos de los días, Eduardo Galeano.


Noviembre
25

Día contra la violencia doméstica

En la selva del Alto Paraná, las mariposas más lindas se salvan exhibiéndose. Despliegan sus alas negras, alegradas a pinceladas rojas o amarillas, y de flor en flor aletean sin la menor preocupación. Al cabo de miles y miles de años de experiencia, sus enemigos han aprendido que esas mariposas contienen veneno. Las arañas, las avispas, las lagartijas, las moscas y los murciélagos miran de lejos, a prudente distancia.

El 25 de noviembre de 1960, tres militantes contra la dictadura del generalísimo Trujillo fueron apaleadas y arrojadas a un abismo en la República Dominicana. Eran las hermanas Mirabal. Eran las más lindas, las llamaban mariposas.

En su memoria, en memoria de su belleza incomible, hoy es el Día mundial contra la violencia doméstica. O sea: contra la violencia de los trujillitos que ejercen la dictadura dentro de cada casa.


••••••••••••••••••••

Eduardo Galeano. Los hijos de los días, Siglo XXI, Buenos Aires, 2012.
En esta obra, el escritor uruguayo hace un recorrido por todos los días del año; de cada uno de ellos nace una historia que atraviesa las fronteras del espacio y del tiempo...




25 de Noviembre

Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres


"Erradicar la violencia contra las mujeres
es una responsabilidad de todos"


"La violencia contra la mujer es un delito
y una amenaza permanente"

Cuento corto de Juan Ramón Santos


BIBLIOTECA

Ordenó la biblioteca por colecciones y vio que no le gustaba. Se le antojaba vulgar. Parecía como si hubiese comprado los libros por el mero afán de adornar las paredes. Por eso decidió cambiar y probó a alinearlos por tamaño. El efecto era interesante. Transmitía el carácter práctico y desenfadado de un lector voraz y algo desastroso, pero no acababa de convencerle. Por eso probó a colocarlos por orden cronológico de escritura, en función de la lengua en que habían sido escritos e incluso en el idioma en que habían sido publicados sin llegar a encontrarse del todo satisfecho. Demasiada pedantería, se dijo, y concluyó que quizá lo mejor era un estricto orden alfabético de autores, el criterio aséptico que empleaban las grandes bibliotecas. «Por algo lo harán», pensó. A continuación se puso manos a la obra y comprobó que aquello comenzaba a gustarle, pero que aún le faltaba un toque, un pequeño detalle, el que había de otorgarle verdadero rigor a su biblioteca, la distribución por materias, y repartió escrupulosamente los libros entre poesía, novela y ensayo. «Mucho mejor», se dijo luego, aunque enseguida se dio cuenta de que la colección había de crecer, de que se incorporarían nuevos géneros, nuevos títulos, nuevos autores, y fue dejando hueco en función de esas futuras adquisiciones. Al terminar tomó aire y un poco de distancia, contempló el trabajo en toda su magnitud y el resultado le pareció casi perfecto, pero solo casi, pues algo no funcionaba del todo. Después de darle muchas vueltas comprendió que el problema era que la biblioteca no podía estar desterrada en la soledad recóndita de un dormitorio, que tenía que encontrarse en el mismo corazón de la casa, que solo así alcanzaría la perfección. Entonces recogió solemne sus tres libros y se los llevó al comedor.


En: PALABRAS MENORES (Cortometrajes) de Juan Ramón Santos. Mérida, De la Luna Libros, 2011, 89 págs.



Gentileza: Cuentos breves

EL ABUELO Y EL NIETO. Cuento de los Hermanos Grimm; traducido del alemán por José S. Viedma

Había una vez un pobre muy viejo que no veía apenas, tenía el oído muy torpe y le temblaban las rodillas. Cuando estaba a la mesa, apenas podía sostener su cuchara, dejaba caer la copa en el mantel, y aun algunas veces escapar la baba. La mujer de su hijo y su mismo hijo estaban muy disgustados con él, hasta que, por último, le dejaron en un rincón de un cuarto, donde le llevaban su escasa comida en un plato viejo de barro. El anciano lloraba con frecuencia y miraba con tristeza hacia la mesa. Un día se cayó al suelo, y se le rompió la escudilla que apenas podía sostener en sus temblorosas manos. Su nuera le llenó de improperios a que no se atrevió a responder, y bajó la cabeza suspirando. Compráronle por un cuarto una tarterilla de madera, en la que se le dio de comer de allí en adelante.

Algunos días después, su hijo y su nuera vieron a su niño, que tenía algunos años, muy ocupado en reunir algunos pedazos de madera que había en el suelo.

-¿Qué haces? preguntó su padre.

-Una tartera, contestó, para dar de comer a papá y a mamá cuando sean viejos.

El marido y la mujer se miraron por un momento sin decirse una palabra. Después se echaron a llorar, volvieron a poner al abuelo a la mesa; y comió siempre con ellos, siendo tratado con la mayor amabilidad.



Pintura: Albert Anker (Suiza, 1831-1910)

2 cuentos para compartir


Cuento 1:
UNA MESA ES UNA MESA, del escritor suizo Peter Bichsel


Les hablaré de un hombre viejo, de un hombre que ya no dice palabras y cuyo rostro está cansado, demasiado cansado para sonreír y demasiado cansado para enfadarse. Vive en una pequeña ciudad, al final de la calle o cerca del cruce. Casi no merece la pena decirlo, pues apenas se distingue de los demás. Lleva un sombrero gris, pantalones grises, chaqueta gris y, en invierno, un abrigo gris y largo. Su cuello, que es delgado, tiene la piel seca y arrugada y el cuello de la camisa le viene muy ancho… LEER MÁS



Cuento 2:
EL GLOBO AZUL, de la escritora y narradora cordobesa Julia Rossi


-¡Las compras! ¡No hice las compras! –exclamó afligida Luisa.
Eran las 11.
Luisa tomó la canasta, no se sacó el delantal. Había intentado hacer una sopa pero no tenía zapallo, ni papas, perejil tampoco.
La verdulería quedaba a tres cuadras.
Luisa abrió la puerta del departamento, salió y cerró con llave previo golpecito. ¿Cuándo arreglaré la cerradura?, pensó.
Recorrió el largo pasillo, bajó lentamente la escalera, escalón por escalón, bien aferrada a la barandilla. Pesaban los 10 años de viudez, la ausencia de los hijos, la lejanía de los nietos. “Sopa con zapallo y perejil para Carlitos”. “Mucho, abuela”. “Aprendé de tu hermano, tomó la sopa”... LEER MÁS


Cuento: EL BIBLIOTECARIO, Por Darío Levin


Cuando yo era chico, mi papá me regaló un libro de tapas duras, con muchos colores. Se llamaba “El bibliotecario”, y contaba la historia de un hombre que trabajaba en una gran biblioteca. Y claro, ¿dónde va a trabajar un bibliotecario si no es en una biblioteca, no?

Este hombre llamado Jorge, amaba mucho a los libros y sus historias. Leía y leía todo el día. Así había aprendido todo lo que sabía. Pero un día perdió la llave de la gran biblioteca del pueblo, y no pudo entrar. Lo primero que hizo fue ir a buscar al cerrajero del pueblo para que lo ayudara. Pero la puerta no se pudo abrir: tenía una cerradura, tan dura, tan dura, que sólo un mago podría abrirla.

Entonces fue a buscar un mago. Sin embargo, el maravilloso mago tampoco pudo abrirla. Llamó entonces a la policía, a los bomberos, a los maestros, a los forzudos, a todos los chicos del pueblo, para ver si entre todos podían abrir esa puerta gigante. Pero por más fuerza que hicieron, la puerta no se abrió.

Mientras tanto, dentro de la biblioteca, los libros esperaban la llegada de los lectores, de los viajeros del mundo de las palabras. Querían contar historias. Cansados de tanto intentar y probar abrir esa puerta, todo el pueblo se sentó en la escalera de la biblioteca. Jorge se desesperó. No sabía qué hacer. Dijo:

–Me siento como la vaca Miranda, cuando no podía darle leche a sus terneritos.

–¿Y por qué no podía darle leche a sus terneritos? –preguntó uno de los chicos.

–¿Cómo? ¿No conocen la historia de la Vaca Miranda? –preguntó asombrado el bibliotecario.

Todo, todo, todísimo el pueblo, con cara de susto contestó: “No, no la conocemos”.

Y desde ese día, toda la gente del pueblo comenzó a reunirse en la entrada de la biblioteca para escuchar las magníficas historias que Jorge les contaba. Porque Jorge se sabía todos los cuentos que existían, o por lo menos era lo que él decía. Al día siguiente, la puerta se pudo abrir, pero Jorge continuó relatando las historias, porque para todos, escuchar a Jorge era como vivir esas aventuras.


FIN


Ilustración © David Pintor

Visto y leído en: ENCUENTOS

Web de Darío Ariel Levin
CUANDO CONTAMOS CUENTOS


LA LUZ DE LOS LIBROS, por Angeliki Varella


Los dos hermanos solían jugar con un globo terráqueo. Mientras le daban vueltas y más vueltas, con los ojos cerrados, señalaban un punto cualquiera con el dedo. Y si ese punto era Pekín, Madagascar o México, buscaban en la biblioteca libros que contaran historias de esos lugares.

Les encantaba leer. Disfrutaban con la lectura. La luz en su ventana permanecía encendida hasta muy tarde.

Guiados por la "luz" de los libros, recorrieron la Gran Muralla China, escucharon la canción del Océano junto a los vikingos, vivieron a la sombra de las pirámides en el Antiguo Egipto, se deslizaron en trineo por lagos helados junto a los esquimales, participaron en los Juegos Olímpicos de la antigüedad y recibieron la corona de olivo de los campeones.

Cuando por fin se quedaban dormidos, los cuentos, las historias, las leyendas, los lugares, los escritores, los héroes se mezclaban en sus sueños y los acunaban dulcemente: Esopo contaba sus fábulas a Sherazada en lo alto de la torre Eiffel, Cristóbal Colón escuchaba a Tom Sawyer relatar sus travesuras en un barco del río Mississippi, Alicia viajaba por el País de las Maravillas junto a Mary Poppins y Andersen narraba sus cuentos a la araña Anansi frente a una pirámide.

El juego con el globo terráqueo y los libros era divertidísimo porque parecía interminable. Los dos hermanos habían encontrado la manera de ser navegantes y exploradores a través de las páginas. La "luz" de los libros les permitía conquistar todo el planeta, vivir en diferentes civilizaciones y épocas, admirar su diversidad. Podían descubrir la vida en el inmenso mundo que había más allá de su pequeño cuarto. Volaban muy lejos, viajaban y soñaban.

Y, por supuesto, ¡siempre se olvidaban de apagar la luz!

—Chicos, ¡duérmanse de una vez! —les pedían sus padres—. Ya es muy tarde. ¡Apaguen la luz!

—No podemos —contestaban muertos de risa—. La "luz" de los libros no se apaga nunca.


FIN

Traducción de la versión en inglés: Laura Canteros.



Ilustración: ©Polly Dumbar

El 01 de JUNIO (1874) en BUENOS AIRES, nace Macedonio Fernández

Metafísico, abogado y escritor, colaboró en Martín Fierro y otras publicaciones vanguardistas. Autor de novelas, cuentos, poemas, artículos periodísticos, ensayos filosóficos y textos de naturaleza inclasificable, en suma, una obra caracterizada por su desorden y fino humor, fue gran animador de la Revista Oral y publicó: "No todo es vigilia la de los ojos abiertos", "Papeles de Recienvenido", "Museo de la novela eterna", etc. Falleció en Buenos Aires el 10 de febrero de 1952.


UN PACIENTE EN DISMINUCIÓN
(Macedonio Fernández, Papeles de Recienvenido, 1929)

El señor Ga había sido tan asiduo, tan dócil y prolongado paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era sólo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie del señor Ga, que lo mandaba llamar.
El doctor Terapéutica examinó detenidamente el pie y “meneando con grave modo” la cabeza resolvió:
-Hay demasiado pie, con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario, a un cirujano.


ARTIFICIOS
(Macedonio Fernández, Cuadernos de todo y nada, 1972)

-Mujer, ¿Cuánto te ha costado esta espumadera?
-1,90.
-¿Cómo, tanto? ¡Pero es una barbaridad!
-Sí; es que los agujeros están carísimos. Con esto de la guerra se aprovechan de todo.
-¡Pues la hubieras comprado sin ellos!
-Pero entonces sería un cucharón y ya no serviría para espumar.
-No importa; no hay que pagar de más. Son artificios del mercado de agujeros.




Caricatura: Ricardo Ajler (CARICAJLER) Buenos Aires.


TRES COCINEROS Y UN HUEVO FRITO
Macedonio Fernández

Hay tres cocineros en un hotel; el primero llama al segundo y le dice: “Atiéndeme ese huevo frito; debe ser así: no muy pasado, regular sal, sin vinagre”; pero a este segundo viene su mujer a decir que le han robado la cartera, por lo que se dirige al tercero: “Por favor, atiéndeme este huevo frito que me encargó Nicolás y debe ser así y así” y parte a ver cómo le habían robado a su mujer.

Como el primer cocinero no llega, el huevo está hecho y no se sabe a quién servirlo; se le encarga entonces al mensajero llevarlo al mozo que lo pidió, previa averiguación del caso; pero el mozo no aparece y el huevo en tanto se enfría y marchita. Después de molestar con preguntas a todos los clientes del hotel se da con el que había pedido el huevo frito. El cliente mira detenidamente, saborea, compara con sus recuerdos y dice que en su vida ha comido un huevo frito más delicioso, más perfectamente hecho.

Como el gran jefe de fiscalización de los procedimientos culinarios llega a saber todo lo que había pasado y conoce los encomios, resuelve: cambiar el nombre del hotel (pues el cliente se había retirado haciéndole gran propaganda) llamándolo Hotel de los 3 Cocineros y 1 Huevo Frito, y estatuye en las reglas culinarias que todo huevo frito debe ser en una tercera parte trabajado por un diferente cocinero.


FIN

(Relato, Cuentos, Poemas y Miscelaneas, de Macedonio Fernández.
Editorial: Corregidor)



Caricatura: Tomás Juan (el Tomi) D'Espósito Müller.
Rosario. Santa Fe. Argentina.


Macedonio Fernández (1874-1952) Argentina

Cuento: COLABORACIÓN DE LAS COSAS

Empieza una discusión cualquiera en una casa cualquiera pues llega un esposo cualquiera y busca la sartén ya que él es quien sabe hacer las comidas de sartén y ésta no aparece. Crece la discusión; llegan parientes.

Se oye un ruido. Sigue la discusión. Se busca una segunda sartén que acaso existió alguna vez. El ruido aumenta. Tac, tac, tac. No se concluye de esclarecer qué ha pasado con la sartén, que además no era vieja; se escuchan imputaciones recíprocas, se intercambian hipótesis; se examinan rincones de la cocina por donde no suele andar la escoba. Tac, tac, tac. Al fin, se aclara el misterio: lo que venía cayendo escalón por escalón era la sartén. Ahora sólo falta la explicación del misterio: el niño, de cinco años, la había llevado hasta la azotea, sin pensar que correspondiera restituirla a la cocina; al alejarse por ser llamado de pronto por la madre, después de haber estado sentado en el primer escalón de la escalera, la sartén quedó allí. Cuando trascendió el clima agrio de la discusión conyugal, la sartén para hacer quedar bien al niño, culpable de todo el ingrato episodio, se desliza escalones abajo y su insólita presencia a la entrada de la cocina calma la discordia.

Nadie supo que no fue la casualidad, sino la sartén. Y si es verdad que puede haberle costado poco por haber sido dejada muy al borde del escalón, no debe menospreciarse su mérito.

Fin

Macedonio Fernández
En: Breve antología del cuento argentino: (1900-1940) Ed. Sudamericana



Imagen: ©Beti Alonso
Retrato de Macedonio Fernández. óleo/tela , 60x80cm