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Biblioteca Popular José A. Guisasola





LA LUZ DE LOS LIBROS, por Angeliki Varella


Los dos hermanos solían jugar con un globo terráqueo. Mientras le daban vueltas y más vueltas, con los ojos cerrados, señalaban un punto cualquiera con el dedo. Y si ese punto era Pekín, Madagascar o México, buscaban en la biblioteca libros que contaran historias de esos lugares.

Les encantaba leer. Disfrutaban con la lectura. La luz en su ventana permanecía encendida hasta muy tarde.

Guiados por la "luz" de los libros, recorrieron la Gran Muralla China, escucharon la canción del Océano junto a los vikingos, vivieron a la sombra de las pirámides en el Antiguo Egipto, se deslizaron en trineo por lagos helados junto a los esquimales, participaron en los Juegos Olímpicos de la antigüedad y recibieron la corona de olivo de los campeones.

Cuando por fin se quedaban dormidos, los cuentos, las historias, las leyendas, los lugares, los escritores, los héroes se mezclaban en sus sueños y los acunaban dulcemente: Esopo contaba sus fábulas a Sherazada en lo alto de la torre Eiffel, Cristóbal Colón escuchaba a Tom Sawyer relatar sus travesuras en un barco del río Mississippi, Alicia viajaba por el País de las Maravillas junto a Mary Poppins y Andersen narraba sus cuentos a la araña Anansi frente a una pirámide.

El juego con el globo terráqueo y los libros era divertidísimo porque parecía interminable. Los dos hermanos habían encontrado la manera de ser navegantes y exploradores a través de las páginas. La "luz" de los libros les permitía conquistar todo el planeta, vivir en diferentes civilizaciones y épocas, admirar su diversidad. Podían descubrir la vida en el inmenso mundo que había más allá de su pequeño cuarto. Volaban muy lejos, viajaban y soñaban.

Y, por supuesto, ¡siempre se olvidaban de apagar la luz!

—Chicos, ¡duérmanse de una vez! —les pedían sus padres—. Ya es muy tarde. ¡Apaguen la luz!

—No podemos —contestaban muertos de risa—. La "luz" de los libros no se apaga nunca.


FIN

Traducción de la versión en inglés: Laura Canteros.



Ilustración: ©Polly Dumbar

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